Soy un agente del cambio para mi comunidad

Soy un agente del cambio para mi comunidad

  • Historia

Mayo 6, 2020

La historia que sigue a continuación la cuenta Priscillia, de 12 años, estudiante de sexto de primaria y niña refugiada de la República Centroafricana asentada en el campo de refugiados de Bili, en la provincia de Ubangi del Norte de la República Democrática del Congo. En sus propias palabras, nos cuenta sobre su vida diaria como defensora de la protección infantil.

Un día, un equipo de World Vision visitó nuestro campamento en Bili. Me enseñaron a estar sensibilizada contra la violencia sexual y de género. Con este conocimiento, comencé a ayudar a mis amigos a evitar comportamientos de riesgo que podrían arruinar sus vidas y comprometer su futuro. Desafortunadamente, descubrí que algunas niñas ya habían sido víctimas de abuso durante mucho tiempo, pero tenían miedo de contarlo. Les pedí que se lo dijeran a sus padres para que pudieran recibir la atención adecuada y para que sus abusadores pudieran ser condenados.

Me entristece ver a niñas de mi edad dejar la escuela porque se quedaron embarazadas después de haber sido violadas. Me repugna, pero me da más fuerzas para hablar sobre la protección infantil en el campamento. La otra forma de violencia que amenaza a los niños en nuestro campamento es el maltrato físico, que es el primer recurso de los padres para enseñar disciplina a sus hijos.

En vez de eso, pido a los padres que usen sus palabras para educar a sus hijos. Pueden explicarles en qué se equivocaron y mostrarles la correcta manera de comportarse. Los niños se suelen sentir respetados y están dispuestos a confiar en sus padres. Por ejemplo, una niña de mi edad confiaría más en su madre o su padre para contarle si está siendo abusada sexualmente en lugar de quedarse callada.

Priscillia desea proteger a sus hermanos, especialmente a sus hermanos pequeños, de las enfermedades y el abuso.

Priscillia desea proteger a sus hermanos, especialmente a sus hermanos pequeños, de las enfermedades y el abuso.

Un día, mientras caminaba por el campamento, encontré a una madre golpeando con violencia a su hijo. Como la conocía, le pregunté: "¿Por qué pegas a tu hijo?" A lo que me respondió: "Ha robado". Le pregunté de nuevo: "¿Has intentado entender por qué lo hizo?" Ella inclinó la cabeza. Entonces le di algunos consejos.

Jacqueline hablo de este momento con orgullo cuando volví a visitarla a su tienda: "Gracias a los consejos de Priscillia sobre protección infantil, ya no maltrato a mis hijos, pero me tomo el tiempo que haga falta para dialogar con ellos y hacerles entender sus errores. Hay un gran cambio. Mis hijos ya no roban”.

Cuando veo que ocurre un cambio de este tipo en esta comunidad de refugiados, me anima a seguir creando conciencia para que este cambio afecte a todos.

Aparte de la violencia de género, el coronavirus nos está robando la infancia. Para nosotros aquí en el campamento, esta enfermedad aumenta nuestra vulnerabilidad ya que nos encontramos encerrados en nosotros mismos, aislados. La gente no quiere venir a visitarnos porque tiene miedo de infectarse. También nos negamos a ir a casa de nuestros vecinos. Nuestra vida ya no es la misma, nuestra infancia es asfixiante porque las escuelas y las iglesias están cerradas.

Como parte de la lucha contra el coronavirus, World Vision nos ha dado a conocer las distintas medidas de prevención. Como soy defensora de la protección infantil, también yo difundo el mensaje de respetar las normas sobre higiene y distanciamiento social para limitar la propagación del virus.

Hace varios meses, World Vision ofreció a mi madre un terreno cultivable con semillas. Cultivó mandioca, maíz, cacahuetes y frijoles. Después de la primera cosecha, pudo comprarnos uniformes y material escolar. Este terreno es nuestro único recurso. Mi madre procesa los tubérculos para hacer pan de mandioca, que después vende. Así puede comprar los alimentos que no puede cultivar. En esta época del coronavirus, ha aumentado la importancia del terreno y esta actividad para nosotros.

Mi deseo es ver a todos los niños estudiar y tener un futuro brillante. Mis padres no pudieron estudiar, no tenían los medios. Mi asignatura favorita son las matemáticas. Sueño con convertirme en banquera para poder ayudar a mi familia y a todos los niños que sufren en los campos de refugiados.

Agradezco a World Vision por capacitarme como defensora de la violencia de género y las medidas de prevención del coronavirus. Me siento muy orgullosa cuando veo que las personas cambian su manera de comportarse tras mis consejos.

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Afganistán es un país principalmente agrícola de Asia Central, que produce algunas de las mejores granadas, uvas y melones del mundo. Afganistán ha estado en un conflicto continuo desde 2001, un grupo político radical ha librado una guerra contra el gobierno y ha tomado el control de muchas partes del país.

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  • El país experimentó una sequía devastadora en 2019 que destruyó todos los cultivos y el 60% del ganado en el oeste de Afganistán. La sequía obligó a más de 250.000 personas a abandonar su hogar y buscar ayuda, pero incluso los campamentos humanitarios a los que llegaron se han quedado sin comida. Muchos padres piensan en vender a sus hijas a un matrimonio para poder alimentar al resto de la familia.